MOTIVOS PARA AMAR A ALCALÁ.
AQUELLA CALLE, EN LA QUE FUI FELIZ
Como diría Sabina "nos sobran
los motivos" para amar esta ciudad.
Es la ciudad donde siempre he
vivido, en la que he crecido y en la que pienso finalizar el último de mis
días.
Amo sus calles, su centro, su
historia, sus personajes y confieso que, también sus bares.
También amo sus defectos, que los
tiene. A pesar de ello, tenía bastante claro escoger un lugar para dedicarle
unos versos, unos recuerdos y unas palabras.
La población de Alcalá se nutre en
bastante medida de gente que vino de fuera, en los años 60 y 70.
Soy hija de andaluces, pero también
vinieron a trabajar muchísimos extremeños y manchegos al tejido industrial tan
numeroso y demandante por aquellos años.
Descendiente de emigrantes, como la
mayoría de mis amigas y conocidos, al fin y al cabo. Mis padres nunca olvidaron
sus orígenes, pero amaron esta ciudad, su casa y su barrio donde pasaron la
mayor parte de su vida.
Es la idiosincrasia de Madrid, en
general acoger a hijos de fuera como si fuesen propios, como le ha ocurrido a
Alcalá y le sigue ocurriendo en la actualidad.
Por todo eso, mi rincón favorito es
la calle donde crecí.
Tenía yo siete años cuando mi
padre, por fin, compró su primera casa.
Siempre vivimos en Alcalá, pero de
alquiler.
Y la compró en la colonia Santa
Mónica, unos pisos de cuatro alturas, sin ascensor, sin terraza; conocido
popularmente como "El Laberinto" por el entramado de calles que tiene
y la disposición casi caprichosa de sus bloques.
Para que lo sitúen los lectores,
son esos pisos "bajitos y feos" como me han dicho muchas veces, que
dan a la avenida Lope de Figueroa y al Paseo de la Alameda, frente a la Casa de
la Juventud.
Fuimos de los primeros vecinos en
ir a vivir a ese barrio, pero pronto encontré niñas y niños de mi edad con los
que jugar a todas horas. Teníamos un barrio entero, todavía en construcción
para hacerlo, aquello era una aventura cada día. Locales comerciales a medio
construir, montones de arena, de ladrillos, parques y jardines a medio hacer...
tanto lugar para jugar.
Recuerdo y echo mucho de menos, los
trasteros que hay en los bajos de los pisos. Allí guardábamos las bicicletas,
casi todos los chavales teníamos llaves propias, lo que nos empoderaba. Mis
hermanos mayores organizaban guateques, a los que no nos dejaban pasar y hasta
recuerdo una nochevieja, una fiesta que se montaron mis padres con los vecinos.
El barrio era nuestro, nos pertenecía. Era nuestro reino.
Cuántas tardes de juegos, de
escondites, una pandilla entera crecimos juntos a la sombra del sauce llorón,
que plantó nuestro vecino Ramón Frutos y que tristemente cortaron no hace
mucho, cortando así una parte de mi infancia, pero nunca su recuerdo.
Teníamos el río al lado, que nos
parecía una selva para explorar y un polideportivo, donde jugar a todos los
deportes durante todo el día.
Qué tiempo de felicidad cuando se
vuelve la vista atrás.
En esa pandilla de chavales con los
que he crecido había de todo. Como comenté al principio, casi todos hijos de
gente de fuera. Recuerdo los veranos, en los que cada uno de nosotros se
marchaba al pueblo de sus padres, a su pueblo como dicen muchos. Conservo
todavía una colección de cartas y postales. Las amigas nos echábamos de menos y
nos escribíamos. Tengo postales de muchos lugares de España: Valencia de
Alcántara y Plasencia de Cáceres, Navarredonda de Gredos, Ávila, Albacete,
Torrevieja Alicante, Rute provincia de Córdoba... y las mías, que enviaba desde
el pueblo de mis padres, Barbate provincia de Cádiz. Yo era de las pocas
afortunadas que tenía un pueblo con playa.
Pero siempre terminábamos volviendo
a la ciudad donde pertenecemos.
Después fuimos creciendo.
Llegaron los primeros amores, me
llegó el primer beso en esa misma calle. Ampliamos el círculo de amistades, ya
no éramos solo los chavales del barrio. Tuve un noviete, de otro barrio
cercano, que venía a buscarme a "El Laberinto" donde yo vivía, me
decía que yo era una princesa que recorría ese "laberinto" hasta
llegar a mí. Romanticismo de barrio en estado puro.
Llegó también la época de la
música.
Además, hay que decir que llegaron
las drogas al barrio. Eran los ochenta. Como toda la gente de mi generación,
hemos convivido con ellas. Unos cayeron para siempre, otros simplemente miramos
hacia otro lado. Los rincones de la Casa de la Juventud y el Pub Acuario eran
terreno prohibido por nuestros precavidos padres, que no tenían un pelo de
tontos y sabían de sobra lo que por allí se cocía.
Mientras, nos pasábamos tardes
enteras hablando de música, intercambiando cintas de casetes grabadas y hasta
he escuchado en los parques música en "un loro", un radiocasete que
funcionaba a pilas, de enormes dimensiones y cuya autonomía dejaba bastante que
desear. Por ese tiempo, todos pertenecíamos o simpatizábamos con una tribu
urbana, entre litronas de cristal y cigarrillos sueltos.
He tenido, y sin salir de mi
barrio, amigos heavys, amantes del rock más duro: AC/DC, Scorpions, Metálica...
punks punkarras como los llamamos cariñosamente que se deleitaban en el
rock radical vasco, simplemente rockeros y amantes de la música pop, de
la música española, nuevos románticos llamados mods peinados y vestidos
a lo Robert Smith y una pandilla de rockers, anclados en el rock and
roll de los 50 y 60 y en el rockabilly; y entre toda la amalgama musical en la
que he crecido, fue un rocker del que me enamoré perdidamente y por él
salí, vestida de novia de aquella calle, en la que estaba la casa de mi padre.
Ya mi barrio no es lo que era. Y es
que han pasado muchos, muchos años. Ya no quedan comercios. Mis padres hace
tiempo que ya no están. Mis vecinos se han ido muriendo. Quedan pocos vecinos
que pertenecieron a mi infancia. Las viviendas están habitadas por gentes en su
mayoría venida de otros países.
Fue muy doloroso vender la casa de
mi padre. Allí, ahora vive otra familia. Pero cada vez que paso por allí, no
puedo evitar dirigir una mirada aquella calle en la que fui feliz. Ojalá sus
nuevos habitantes sean tan felices como los fuimos nosotros.
Maribel Domínguez Duarte
MIENTRAS LOS ÁNGELES LLORAN, LOS
DIABLOS CANTAN
Somos el fruto de una población
foránea
procedente de dispares lugares
arrastrando el sueño de asentar un
hogar.
Habitantes de barriadas humildes
expandidas sin otro orden que el
crecimiento industrial.
La infancia corría feliz por las
calles
entre la niebla de la nostalgia
y un pequeño rayo de prosperidad.
Crecimos libres, en parques
sombríos
bajo el frío hormigón
entre ladrillos destrozados
y ritmos de rock and roll.
La primavera en la gris ciudad
brotaba
en forma de adolescencia,
rebelde, descarada
con un toque de insolencia
y un halo de ingenuidad.
Cambiar el mundo, parar la guerra,
olvidar la costumbre,
de algún modo, siempre
protestar,
no queríamos parecernos ni a papá
ni a mamá.
Princesas por un día,
se adentraban en el goce del
asiento de atrás.
Mientras, otros peligrosamente
jugaban con la muerte
y una sobredosis les arrastraba a
la eterna oscuridad.
La mayoría avanzamos, sin volver la
vista atrás.
Hoy los acordes de una vieja
guitarra
nos trasladan a ilusiones perdidas,
a los sueños encontrados
allí donde regresa siempre el
recuerdo
donde reposa mi mirada, una vez más.
Maribel Domínguez Duarte
Del libro "Nombre de
mujer"




Comentarios
Publicar un comentario